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El entorno: campo edénico

Antonio Gala cuenta que encontró su verdadero sitio, el que cree verdadero, por un sueño. Soñó, bajo aquel campo edénico, un nombre: Alhaurín… Tal como él mismo cuenta:

“Aquí me retiro, aquí trabajo, reflexiono, digiero los sonidos aunque poco a menudo se interrumpe el silencio. Veo caer las luces, ascender las luces, rozar con los dedos de oro las copas de los árboles, escucho cómo el viento los despeina…” Siguió la estela de otro escritor, Gerald Brenan, a quien consideraba inmortal: “Sin embargo, el día que vine, se murió”, explica, con su humor tan característico.

La Baltasara se puso en el camino del escritor (conocido hasta entonces sobre todo por su teatro y sus artículos periodísticos, pero a punto de dar el paso a la novela) en el año 1987. Fue su retiro estival e invernal, aunque, una vez que vendió su casa de Madrid, se convirtió en su residencia habitual. Durante los primeros años, su relación con el pueblo de Alhaurín sería más estrecha: por allí se le podía ver en época de procesiones, o en céntricos bares como el Costales.

Después optó por quedarse más tiempo en la finca, aunque sin faltar a la cita anual del premio de poesía que lleva su nombre.
No es de extrañar que, en 2010, el pueblo del Valle del Guadalhorce inaugurase el Teatro Municipal Antonio Gala en su honor. O que le adoptase como hijo en 2012.

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